Monopoli: Estuve en una película. Una de verdad. Y, durante unos días, fui italiano.
Durante unos días, Monopoli no fue una ciudad, sino un ritmo. La comida como pretexto, gente que te recibe con naturalidad, callejuelas que te invitan a caminar despacio y esa rara sensación de que no eres solo un turista. Un lugar que no se muestra a la primera, pero que, si lo dejas en paz, se te pega y ya no te deja marcharte igual.